Guy Trebay - The New York Times

NUEVA YORK.- “¿En algún momento no está trabajando?”, preguntó recientemente Kevin Systrom, director ejecutivo y cofundador de Instagram, sobre su buen amigo Ryan Seacrest. La pregunta, para ser claros, era retórica. Pero era buena. Consideremos que, además de su empleo diurno como presentador de un programa radial matutino enormemente exitoso, “On air with Ryan Seacrest”, en 126 estaciones de Estados Unidos y en 50 mercados extranjeros, el hombre a veces mencionado como el nuevo Dick Clark y más a menudo como el hombre más trabajador en la industria del espectáculo, también presenta “American Idol” y “American Top 40”; es productor ejecutivo y presentador de “Dick Clark’s New Year’s Rockin’ Eve” y “E! Live from the Red Carpet”, y es productor ejecutivo de los reality shows “Shahs of Sunset” y “Keeping Up With the Kardashians” (y su variada progenie de emisiones). También está preparándose para ampliar su papel de “utilero” para NBC presentando la cobertura nocturna de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016. Sin olvidar que, incidentalmente, en 2014 presentó Ryan Seacrest Distinction, una línea de prendas y accesorios para caballero de precios medios que se vendió en 500 tiendas Macy’s.

“Ryan y yo a menudo bromeamos sobre quién ha tenido la menor cantidad de sueño o de días de descanso”, escribió en un mail Jennifer López, colega de Seacrest en “American Idol”. Cuando Seacrest aparece en la alfombra roja para lanzar preguntas bien investigadas, aunque al parecer improvisadas, a actores nerviosos, su estilo está a años luz de distancia de la escandalosa brillantez que Joan Rivers, o de las estupideces de personajes como Giuliana Rancic, o de los interrogantes que comentaristas zalameros como Robin Roberts sirven como porquerías.

Cuando presenta “American Idol”, aporta una especie de maestría al neutralizar la histeria de una competencia de altas apuestas, suavizar las excentricidades de reinas del drama de los jueces célebres del programa, y moderar la contienda de apuestas de vida o muerte de los concursantes con una sonrisa amigable. “Él no es divertido -dijo Larry King, un viejo amigo y mentor de Seacrest-. No tiene la mejor voz, pero si está en un programa de preguntas o en una alfombra roja o en un reality show, es experto en ello”.

Que sea agradable no es un accidente. Siendo un niño gordo ligeramente desadaptado que nadaba con la remera puesta, protagonizaba programas en casa para sus padres y adoraba a su hermana, Seacrest compensó sus inseguridades en la forma clásica, derrotando a las camarillas de la vida en su propio juego. “Crecí sintiéndome incómodo porque tenía sobrepeso”, dijo Seacrest en una tarde en Hollywood. “Tenía este profundo temor de no saber exactamente qué es lo que hago”. Estaba sentado en una mesa del Tower Bar, aún un lugar de reunión de primera para los protagonistas de Hollywood, aunque vacío en esa tarde en particular.

Días antes, Seacrest y un séquito de amigos, principalmente mujeres, habían sido dirigidos por el capitán de meseros del restaurante, Dmitri Dmitrov, a una mesa con vista de primera.

“Por aquí, señor Seacrest”, dijo Dmitrov, haciendo una reverencia y caminando hacia atrás, con su característica obsequiosidad de geisha. Cuando lo hizo, indicó a los espectadores que una persona distinguida había entrado, aceptándose que no se ha ideado un mecanismo de clasificación que pueda superar la capacidad de Dmitrov para calibrar la distinción en la industria del entretenimiento.

Sin embargo, en una tarde entre semana, Seacrest parecía todo menos un magnate de los medios, uno con una fortuna personal de cientos de millones; intereses de negocios que se extienden a todas las plataformas de transmisión de contenidos imaginables; una fundación de caridad; y una propiedad en Beverly Hills de 16.200 metros cuadrados comprada en U$S 37 millones a la afecta a las mudanzas Ellen DeGeneres.

Hay, como dicen, un largo camino desde los días en que Seacrest rentaba una recámara austera en la casa de un amigo por U$S 375 al mes mientras trataba de entrar en la radio.

Si no estuviera vestido para una sesión fotográfica con un saco azul marino de la colección de Ryan Seacrest Distinction, el joven magnate (cumplió 41 años el jueves pasado) pudiera pasar fácilmente por un tipo diferente de personaje multitareas: uno de los guapos actores-meseros del restaurante.

“Viendo en retrospectiva, puedo ver cuán incómodo me sentía al tratar de superar los muros de la industria del espectáculo”, dijo Seacrest, refiriéndose a su llegada a Los Ángeles desde el próspero suburbio de Dunwoody, en las afueras de Atlanta, Georgia. “Veo fotografías mías de esa época, y tenía el cabello desteñido, la piel naranja, estaba muy bronceado, y es evidente que sentía mucho temor y ansiedad, ningún entrenamiento en lo que hago y simplemente el deseo de probar que no soy la persona más ingenua del mundo”, reveló.

Eso es lo que lo impulsó, dijo. Y, aunque, en una lista de motivaciones profesionales, el temor de ser considerado un pueblerino no necesariamente se clasifica alto, hay algo de la luchadora Edith Wharton en un autodidacta entregado que estudió los obstáculos de una industria cargada de ego y que convirtió en ventajas sus desventajas putativas.

“Cuando ‘Idol’ era el número uno en el horario estelar, lo que sucedió es que excavé en lo más profundo para usar el acceso a la industria para crear más ideas, crear rentas vitalicias que superaran al programa -dijo Seacrest-. Todo eso provino de Merv”.

Su mentor

Para comprender a Seacrest y su improbable transformación de un anunciante al parecer genérico, vale analizar la carrera del más importante de los mentores de los cuales fue aprendiz.

Probablemente pocas personas nacidas después de que la Tierra se enfrió recuerdan a Merv Griffin, un vocalista de grandes bandas (“I’ve got a lovely bunch of coconuts” fue su principal éxito) y joven hollywoodense que se convirtió en presentador de programas de debate, emprendedor de programas de concurso (“Jeopardy,” “Wheel of fortune”), ejecutivo televisivo y magnate inmobiliario. Aunque a menudo minimizado como un peso ligero, Griffin dejó un imperio valuado en cerca de mil millones de dólares a su muerte en 2007.

“Lo que se cristalizó para mí cuando me senté con Merv en una reunión -dijo Seacrest- fue ver todo lo que hacía como un curso de la clase sobre qué hacer después”. En una industria organizada casi exclusivamente en torno al acceso y las conexiones, es sorprendente cuán pocas personas incorporan la naturaleza efímera de la fama en sus cálculos profesionales o usan su momento para crear oportunidades de negocios.

¿Por qué contentarse con reportear sobre lo que otros visten en la alfombra roja cuando pueden usar el invaluable tiempo al aire para comercializar su estilo personal? ¿Por qué confinarse a contar los minutos hasta el inicio del nuevo año cuando pueden saludar al futuro desde tu posición única como un habitual de los medios metido involuntariamente en la conciencia mundial?

“Lo que es tan invaluable sobre Ryan como un hombre del siglo XXI -dijo Systrom, de Instagram- es que ha creado y está compartiendo su yo auténtico”. Para sus 2,2 millones de seguidores en Instagram y casi 14 millones de seguidores en Twitter, Seacrest se presenta como el magnate encantadoramente persuasivo que vive al lado.